(La pantalla parpadea con cuarenta y siete recomendaciones personalizadas. No has elegido ninguna. Ya te han elegido a ti.)
🧷 El gusto ya viene con instrucciones
Antes te gustaba algo y luego, si hacía falta, lo defendías. Ahora ocurre al revés: primero te explican qué significa consumirlo, después te dan el discurso y, finalmente, te entregan la comunidad como si viniera incluida en la suscripción.
One Piece ya no es solo una serie. Es una forma homologada de parecer emocionalmente disponible sin dejar de ser consumo masivo. Kratos ya no es un personaje. Es masculinidad herida con prestigio narrativo y permiso crítico. Taylor Swift no es una cantante: es un sistema operativo afectivo con gira, uniforme y calendario emocional. Y todo lo que empieza por K —K-pop, K-drama, K-lo-que-sea— se vende como refinamiento automático, como si poner una inicial delante del producto lo volviera inmediatamente superior. Y tú, claro, vas y te lo crees.
El problema no es que existan fenómenos masivos. El problema es que lleguen ya empaquetados como identidad portátil, con discurso oficial, enemigos asignados y manual de uso emocional.
Frase Diagnóstico:
Ya no eliges cultura pop. Eliges uniforme con licencia oficial.
🧲 Del gusto al catecismo
Te acercas al anime y te empujan hacia los mismos templos. Entras en los videojuegos y acabas girando alrededor de las franquicias “serias” que hay que venerar para parecer un adulto con criterio. Y si pones música, te venden “urbano” como si no fuera el mismo reguetón de siempre, solo que ahora lleva chaqueta cara y entrevista profunda.
La música urbana ya no existe. Existe el rebranding del reguetón, maquillado con estética limpia, entrevistas profundas y portada monocroma para que parezca evolución cultural y no la misma fórmula con mejor departamento de marketing.
La industria no quiere lectores. Quiere perfiles previsibles. No quiere espectadores. Quiere datos navegables. No quiere fans. Quiere embajadores de marca que, encima, paguen entrada, edición coleccionista y sudadera oficial. Coño, el negocio ya ni se esconde.
El catecismo moderno tiene playlist en Spotify, cuenta verificada en TikTok y confirmación de segunda temporada antes de que hayas terminado la primera.
Frase Corrosiva:
Lo llaman comunidad para no llamarlo pastoreo.
🧬 La cultura con calzador
Ahora te venden K-drama como si fuera cine independiente para eruditos, pero en versión cómoda, emocional y perfectamente exportable. Como si fuera la Segunda de TVE con mejor piel y más presupuesto para lágrimas lentas. Te dicen que estás ampliando horizontes, cuando en realidad te están redirigiendo con una delicadeza admirable hacia otro corral temático.
Lo mismo pasa con la falsa diversidad del catálogo. Hay miles de títulos, sí. Y todos acabáis discutiendo sobre los mismos cinco como si el resto del universo audiovisual no existiera. Repetición, consenso, bostezo. El catálogo infinito no amplía el gusto: lo comprime hasta dejarlo en formato cómodo.
La abundancia no abre criterio. Lo sustituye por reflejo.
La plataforma aparenta neutralidad, pero te pastorea con una elegancia de hijaputa admirable. Tú crees que eliges. Lo que haces es seguir flechas invisibles. Puedes entrar donde quieras, sí. Siempre que acabes comprando en el local que ya estaba preparado para ti.
Y si no, ahí tienes Tomb Raider, reconvertida en pedagogía performativa para que nadie recuerde que Lara Croft fue primero fantasía pop, exceso, icono y contradicción. Ahora parece obligatorio corregirla, explicarla, domesticarla. Ya no existe Lara Croft: existe una versión filtrada para que el presente no se sienta ofendido consigo mismo.
Frase Espejo:
No te amplían el gusto. Te lo rediseñan para que no molestes a nadie.
🪓 Cuando ver ya no basta
Con The Last of Us pasa algo todavía más fino. Ya no te dicen que veas una serie porque es buena. Te la colocan como experiencia moral. No la consumes: te alineas con ella. No la comentas: te posicionas. La serie ya no se mira. Se obedece.
Y aquí está el truco más sucio de todos: cuando una obra deja de ser obra y pasa a ser declaración ética, ya no puedes disentir sin parecer sospechoso. Si no te emociona lo correcto, algo falla en ti. Si no aplaudes el consenso estético, eres poco menos que un bárbaro.
Mira, cariño: una cosa es disfrutar una serie y otra muy distinta dejar que te eduque la interfaz. Y últimamente la gente confunde ambas con una facilidad acojonante.
El problema no es The Last of Us. El problema es la forma en que se te entrega: como si viniera bendecida, revisada y lista para consumo moral sin pensamiento propio.
Frase Tajo:
Ya no ves cultura. La certificas.
⚙️ La época dorada del libro… para Amazon
Dicen que vivimos una época dorada del libro. Y es verdad, en cierto sentido: todo el mundo hace uno. Lo escribe, lo autopublica, lo sube a Amazon y lo vende como si hubiera descubierto una grieta nueva en el alma humana. Hay más autores que lectores y más portadas que páginas memorables.
El libro ya no siempre nace de una necesidad. Muchas veces nace de una estrategia. De marca personal, de visibilidad, de una comunidad previa o de la fantasía de convertirse en referencia con tipografía bonita y trauma bien maquetado.
No se trata de despreciar escribir. Se trata de señalar la inflación. La palabra ya no pesa lo mismo cuando todo el mundo publica para existir un poco más. Joder, hay libros que no quieren ser leídos: quieren ser subidos a una story.
Y lo más brillante del sistema es que te vende todo esto como democratización cultural, cuando muchas veces no es más que saturación con filtro sepia.
Frase Remache:
No te recomiendan libros. Te asignan personalidad con envío rápido.
🔪 Lo falso no es lo popular
Aquí está la trampa y conviene dejarla clara: el problema no es lo popular. El problema es lo programado disfrazado de espontáneo.
No se trata de odiar One Piece, God of War, Taylor Swift, el K-pop o el K-drama de turno. Se trata de señalar cuándo una obra deja de respirarse sola y empieza a funcionar como brújula identitaria administrada. Ahí está la falsificación.
Lo falso no es la obra, sino la gestión del deseo que la rodea. El truco está en que ya no puedas ver, leer, escuchar o jugar sin convertir ese consumo en parte de tu personalidad digital. Cada elección tiene que hablar por ti, clasificarte y volverse reconocible.
Te venden libertad porque eliges entre diez muñecos ya bendecidos. Luego vas tú, los defiendes como si te fuera la vida y encima te crees especial por consumir lo mismo que medio puto planeta. Y si el producto ya venía con prestigio incorporado, mejor: así hasta puedes hacerte el culto sin haber descubierto una mierda.
El gusto ya no se forma. Se suministra.
Te entra como una receta, te cae encima como una actualización obligatoria y te aparece en la puerta como un paquete que no pediste, con la factura dentro y la devolución hecha mierda desde el minuto uno.
Línea final:
Cuidado con lo que amas. Puede que no sea tuyo. Puede que solo te lo hayan colocado para que lo llames identidad.
PD:
Escribo esto en un PC con Windows 11, Word abierto y unas ganas bastante serias de terminar de una vez. En YouTube me persiguen anuncios del Mac, del iPad y del iPhone 17 Pro Max como si alguien hubiera decidido que mi criterio necesita corregirse. Y entonces lo pienso: ¿Cómo cojones me anuncian a mí algo que no me gusta? O peor. ¿Y si sí me gusta? No. Yo elijo. Creo. Mientras tanto, suena “Cruel Summer” de Taylor Swift en el móvil, con esa mezcla perfecta de pegada, histeria pop y obediencia emocional bien producida. ¿Cuánto vale? Da igual. Igual lo compro.
🖤 Rocío Aso Iguarán
No te gusta. Te lo han instalado.
Si quieres seguir desmontando la cultura que te venden como espontánea, entra en Radioactividad Pop.



