🔪 ESPAÑA PREMIUM: VIVIR PEOR, FOTOGRAFIAR MEJOR

Nos estamos acostumbrando a cosas muy raras. No a los grandes dramas; esos siempre llaman la atención. Nos acostumbramos a las pequeñas derrotas, a las que llegan despacio y no rompen nada de golpe porque saben que así duran más.

Pagamos más por casi todo. Esperamos más por casi todo. Recibimos menos por casi todo. Y seguimos adelante como si nada.

La degradación moderna tiene una virtud cabrona: entra por fascículos. Nadie acepta que le rompan el país de golpe. Para eso existe el pago a plazos.

Por eso la conversación gira alrededor del nuevo brunch, del restaurante secreto que conocen trescientas mil personas o del café servido por un tipo que habla del origen del grano como si estuviera explicando una aparición mariana. Mientras tanto, la vida cotidiana se vuelve más cara, más lenta y más cansada.

Pero oye, mira qué espuma tan bonita.

Frase Diagnóstico:

Antes la gente enseñaba un coche. Ahora enseña una reserva. Antes se presumía de comprar. Ahora se presume de acceder. Parece una diferencia elegante. No lo es. Es una putada con mejor marketing.

Las grandes metas han ido desapareciendo del horizonte sin necesidad de grandes discursos. Comprar una vivienda, ahorrar con cierta tranquilidad o construir algo estable se han vuelto objetivos tan caros, tan lejanos y tan absurdamente difíciles que hemos aprendido a sustituirlos por recompensas más pequeñas: una cena, un viaje de fin de semana o un café de siete euros servido con una explicación espiritual sobre el origen del grano.

Y como era previsible, terminamos celebrando migajas con la intensidad que antes reservábamos para las conquistas. Lo preocupante no es hacerlo. Lo preocupante es haber dejado de notar la diferencia.

Frase Espejo:

Aquí aparece el truco más fino de todos. La precariedad ya no necesita esconderse. Puede monetizarse.

Vídeos para sobrevivir con poco dinero, consejos para estirar el sueldo, retos para llenar la nevera gastando menos y tutoriales para resistir una realidad que hace unos años habría provocado bastante más cabreo. Todo muy inspirador.

Qué coño.

Hemos conseguido convertir la dificultad económica en una categoría de contenido. Y cuando un problema empieza a generar visualizaciones deja de comportarse como un problema. Empieza a comportarse como un producto.

Ahí está la jugada. La realidad no mejora, pero la fotografía sí. Los salarios avanzan con la velocidad de un carrito averiado mientras las expectativas se rebajan solas. La presión sigue donde estaba. Lo único que hemos perfeccionado es la manera de disfrazarla.

Frase Tajo:

El brunch no tiene la culpa. La hamburguesa tampoco. Ni el café, ni la terraza, ni la pobre croqueta abierta por la mitad para que todos podamos contemplar su interior como si acabara de graduarse en medicina.

El problema aparece cuando esas cosas ocupan el espacio que antes ocupaban conversaciones bastante más incómodas. Porque es difícil discutir sobre vivienda mientras grabas una recomendación gastronómica. Es complicado hablar de incertidumbre mientras editas un reel. Y es todavía más incómodo preguntarse hacia dónde va todo esto cuando el algoritmo recompensa cualquier cosa menos esa pregunta.

Por eso la conversación se llena de espuma. La espuma siempre resulta más agradable que el diagnóstico.

Y así seguimos, saltando de experiencia en experiencia, de novedad en novedad y de dopamina en dopamina, como si el entretenimiento pudiera sustituir indefinidamente a la estabilidad.

Frase Corrosiva:

Podemos echarle la culpa a la política, al mercado, a los influencers, a las plataformas, a la educación o a la cultura. Podemos incluso culpar a la Luna llena si nos ponemos creativos.

Sin embargo, hay una verdad bastante más incómoda.

Nos gusta.

Joder si nos gusta.

Nos gusta enseñar, pertenecer, demostrar que estuvimos allí y sentir que seguimos formando parte de algo. Porque la mayoría no sube una foto para recordar un momento. La sube para certificar que estuvo allí. Y no es lo mismo.

¿De qué sirve descubrir un restaurante si nadie lo sabe? ¿Para qué pedir un chuletón de setenta euros si no aparece en una historia? ¿Qué sentido tiene una escapada perfecta si no genera contenido suficiente para justificar el gasto?

Lo más brillante del sistema no fue convencernos para consumir. Eso ya existía. Lo brillante fue convencernos para convertirnos en el departamento de marketing de nuestra propia vida.

Gratis.

Sin contrato.

Y encantados.

Por eso cada experiencia necesita prueba gráfica, cada opinión necesita escaparate, cada emoción necesita audiencia y cada pensamiento parece exigir validación. Y en ese punto ocurre algo curioso: si todo lo que piensas acaba expuesto, quizá ya no estás pensando. Quizá estás produciendo contenido.

Porque el pensamiento suele ser lento, incómodo y contradictorio. Mientras tanto, el escaparate exige rapidez, impacto y aprobación.

Y cuando el escaparate se convierte en la habitación principal de una sociedad, empiezan los problemas.

Porque donde hay escaparate suele haber disparate.

🖤 Rocío Aso Iguarán

Firma de Rocío Aso Iguarán

El postureo murió. La mentira ahora viene bien iluminada.

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