La humanidad no ha enloquecido. Ha aprendido a monetizar la estupidez. Y, además, lo hace con eficiencia admirable.
Mientras escribo, decenas de vídeos de autoayuda compiten por mi atención. Un creador de diecinueve años explica por qué soy tóxico por no meditar veinte minutos al día. Un boomer sentencia en WhatsApp que «en sus tiempos esto no pasaba». Y, entre tanto ruido, el algoritmo decide qué versión de mí merece sobrevivir hoy. No es caos. Es modelo.
🧷 El sentido común como provocación
Antes, no tomar partido era prudencia. Ahora es sospecha. Dudas, eres tibio. Si matizas, tramposo. Si cambias de opinión, mentiroso. En consecuencia, el sistema no necesita que tengas razón; necesita que seas clasificable.
Porque, en el fondo, la maquinaria no funciona con ideas, sino con etiquetas. Todo debe ser identificable, compartible, discutible hasta el absurdo. El matiz no genera clics. La duda no vende camisetas. La complejidad no cabe en un titular.
Parece conciencia colectiva. Es segmentación emocional.
Y así, poco a poco, el sentido común dejó de ser virtud y empezó a parecer provocación. Pensar sin bandera se volvió ofensivo. Pensar sin etiqueta, casi inmoral.
Frase Diagnóstico:
El problema no es estar equivocado. Es atreverse a pensar sin casilla.
🧲 La identidad como blindaje
La gran jugada del siglo XXI no fue tecnológica. Fue psicológica. Convertir el “yo me siento” en argumento definitivo.
Basta con decir “me siento atacado” y la conversación se apaga. Si alguien se declara excluido, el debate se congela. Y cuando surge la ofensa, el diálogo muere en el acto. Así funciona el truco: la emoción levanta fronteras… y cada frontera acaba siendo negocio.
España está entre los países europeos con mayor consumo de ansiolíticos. Los diagnósticos de ansiedad en jóvenes han aumentado de forma notable en los últimos años. Además, buena parte del contenido sobre salud mental en redes lo producen personas sin formación clínica. No es casualidad. La vulnerabilidad bien empaquetada genera audiencia. El sufrimiento estetizado crea comunidad. Y la comunidad, por supuesto, monetiza.
Sin embargo, cuando todo es identidad, el criterio se diluye. Y cuando el criterio se diluye, cualquier disparate puede vestirse de autenticidad. Lo grave no es sentir. Lo grave es convertir cada sentimiento en decreto.
Mira, cariño: sentir no sustituye a pensar. Y pensar, hoy, empieza a ser revolucionario.
Frase Corrosiva:
Si todo es identidad, nada es argumento.
🧬 La adolescencia permanente
Hemos criado una generación capaz de configurar un móvil en segundos, pero incapaz de buscar información más allá del primer resultado. Hombres de veinte citan estoicismo en vídeos de treinta segundos mientras venden cursos para ligar. Chavales dominan diecisiete aplicaciones y no saben redactar una carta formal sin copiar plantilla.
No es cuestión de edad. Es cuestión de profundidad. La cultura tutorial nos ha convencido de que ver es saber, que escuchar es dominar, que reaccionar es comprender. Y así, entre clips motivacionales y frases subrayadas, creemos haber alcanzado sabiduría cuando apenas rozamos superficie.
Lo que parece empoderamiento es, en muchos casos, inmadurez bien producida. Porque la inmadurez no molesta si consume. La inmadurez no cuestiona si compra. Y, sobre todo, la inmadurez es moldeable. Joder si lo es.
Frase Espejo:
No somos más libres. Somos más manipulables.
🪓 Del absurdo actuado al absurdo celebrado
Los de setenta dicen que el mundo se ha vuelto loco. No siempre aciertan, pero tampoco hablan al azar. Han visto ciclos enteros pasar delante de sus ojos: promesas que crecían como globos y terminaban explotando, prohibiciones que acababan convertidas en tendencia y tendencias que, con el tiempo, solo dejaban una caricatura.
Paco Martínez Soria funcionaba porque el absurdo estaba en escena. Tenía marco, tenía guion, tenía final. El ridículo ocupaba su lugar en la ficción. Hoy, en cambio, el ridículo presume de autenticidad. Se presenta como contenido real. Se aplaude como valentía.
Antes el exceso se disimulaba. Ahora se patrocina. Antes daba vergüenza. Hoy da seguidores. Y seguidores significan ingresos, colaboraciones, relevancia. Coño, claro que compensa.
Frase Tajo:
El absurdo dejó de actuar. Empezó a facturar.
⚙️ La locura rentable
Aquí está el núcleo. La enfermedad sin cura es el negocio perfecto.
La ansiedad crónica necesita actualización constante: podcasts, cursos, apps, retiros, terapia exprés. La confusión permanente exige titulares cada hora, notificaciones, alertas. La insatisfacción sostenida demanda productos nuevos, tendencias, comunidades donde sentirse especial por estar perdido.
Si la gente estuviera tranquila, consumiría menos. Con seguridad real, la validación dejaría de ser una necesidad constante. Y con una satisfacción mínima, las soluciones milagro perderían mercado. Por eso el modelo no busca estabilidad: prefiere una inquietud permanente, pero lo bastante cómoda como para seguir comprando.
El mecanismo es sencillo y, precisamente por eso, eficaz: primero generas inseguridad —nunca eres suficiente—; después ofreces remedio —esta app, este curso, esta comunidad—; finalmente, el remedio no cura del todo para que regreses. No es conspiración. Es estructura de mercado.
Y mientras tanto, creemos estar eligiendo libremente entre opciones que alguien diseñó para nosotros. Creemos rebelarnos mientras compramos la camiseta del movimiento. Creemos ser únicos mientras repetimos consignas idénticas.
La locura no es gritar en la calle. Eso siempre existió. Lo verdaderamente perturbador es aceptar que todo se vuelva espectáculo. También es elevar cualquier impulso a derecho sagrado. Y el remate llega cuando la falta de criterio se vende como autenticidad.
Y lo más inquietante no es que ocurra. Es que resulta rentable.
Frase Brutal:
La locura no se cura porque es negocio. Y el negocio no pide cordura, pide público fiel.
🔪 Cierre
Este texto no va contra personas. Va contra el clima. Porque el clima cultural determina lo que toleramos, lo que celebramos y lo que callamos.
La estupidez siempre existió. Lo novedoso es que ahora se legitima, se protege y se subvenciona simbólicamente con aplausos. Además, se vende como libertad. Y mientras compres, compartas, te ofendas o te identifiques con cada etiqueta disponible, el sistema seguirá funcionando con precisión quirúrgica.
No quiere individuos críticos. Quiere audiencia estable. No quiere ciudadanos incómodos. Quiere usuarios previsibles. Y, si para lograrlo tiene que alimentar un poco de ruido permanente, lo hará sin pestañear.
Porque la cordura no genera tendencia. La estabilidad no se viraliza. La paz interior, sinceramente, es una mierda para el engagement.
Línea final:
La locura no tiene cura. Tiene patrocinadores.
PD
Escribo esto en la estación de Goya, donde el Wifi es absurdamente bueno y el café de enfrente sorprendentemente malo. La gente entra y sale sin mirarse, cada uno con su pantalla iluminándole la cara como si fuera una linterna existencial. Desde aquí parecen zombies: jóvenes, mayores, ejecutivos, turistas… todos caminando rápido hacia algo que probablemente tampoco entienden del todo.
Tal vez me estoy volviendo loca. Aunque, pensándolo bien, ya lo estaba antes de escribir este artículo. Y justo ahora suena “Crazy” de Gnarls Barkley en mis auriculares, como si alguien hubiera decidido sincronizar la banda sonora con la realidad.
Un chico raro acaba de fijarse demasiado en mi portátil radiactivo. Creo que es buena señal para irme. Aquí no hay segurata. Y, visto lo visto, eso también es un poco de locos.
🖤 Rocío Aso Iguarán
Tú no estás loco. Te quieren volver.



