🍔 LA HAMBURGUESA YA NO SE COME. SE PUBLICA.

La hamburguesa nació para ahorrar tiempo, no para fabricar colas. Sus raíces están en el Hamburg steak que llegó desde Alemania a Estados Unidos durante el siglo XIX. Era carne picada, barata, contundente y pensada para trabajadores que necesitaban comer rápido antes de volver al tajo. Nadie fotografiaba una hamburguesa. Nadie discutía sobre el punto de maduración de la vaca. Era comida. Punto.

En coherencia con lo anterior, basta mirar cualquier festival gastronómico actual para entender hasta dónde hemos llegado. Hoy una hamburguesa cuesta veinte euros, lleva brioche artesanal, cebolla caramelizada con apellido francés y un río de cheddar derramándose a cámara lenta mientras alguien grita que es «la mejor del mundo». Lo curioso es que casi todas son la mejor del mundo. Qué puta casualidad.

Frase de Parrilla: La hamburguesa dejó de alimentar estómagos para empezar a alimentar algoritmos.

Hubo un tiempo en que un crítico gastronómico se jugaba la credibilidad cada vez que escribía una reseña. Pagaba la cuenta, volvía varias veces al restaurante y, si había que repartir palos, los repartía. Su prestigio dependía de decir la verdad, no de acumular visualizaciones.

Ahora aparecen los llamados foodies. Cámara, plano cenital, mordisco exagerado y el mismo titular reciclado hasta el aburrimiento: «BRUTAL», «100 sobre 10», «TIENES QUE VENIR». Todo muy en su línea. Da igual el local, la ciudad o la receta. El algoritmo premia el entusiasmo permanente y castiga cualquier matiz. La crítica ha sido sustituida por la promoción emocional.

No hace falta señalar a nadie. El mecanismo funciona solo. Si una publicación convierte un restaurante en viral, llegan las colas. Después llegan los precios nuevos. Después desaparecen los vecinos que comían allí desde hacía años. Así funciona el guion.

Frase de Bandeja: Cuando todas las opiniones son extraordinarias, ninguna vale un carajo.

Aquí aparece el truco mejor disfrazado de la última década: la hamburguesa smash. Nos contaron que aplastar la carne era una revolución gastronómica. En realidad, también era una manera magnífica de servir menos producto mientras te hablaban de técnica, costra y reacción de Maillard. El marketing hizo el resto.

Lo mismo ocurre con el cheddar. Un litro de queso fundido convierte cualquier hamburguesa mediocre en un vídeo viral. La salsa tapa la carne, la carne tapa las carencias y el móvil hace el resto. El resultado: predecible y rentable.

Y luego está la moda del punto casi crudo. Hace veinte años habrías devuelto una hamburguesa así a la cocina. Hoy pagas un suplemento porque el centro siga rojo. No porque sea mejor. Porque es tendencia. Y las tendencias, cuando vienen acompañadas de música épica y cámara lenta, venden de la hostia.

Frase de Cheddar: Si el queso necesita ocultar la carne, el problema nunca fue el queso.

Lo que nos lleva a la verdadera cuestión. Estos vídeos no venden hamburguesas. Venden miedo a quedarse fuera. Si no pruebas la última apertura, si no haces la foto, si no subes la historia, parece que llegas tarde a una conversación que nadie recordará dentro de un mes.

Mientras tanto, los restaurantes descubren que la receta más rentable no está en la cocina. Está en la pantalla del creador adecuado. Una publicación mueve más dinero que una buena reseña. Y cuando el negocio depende del alcance, la calidad pasa a un segundo plano. Lo importante ya no es cocinar bien. Lo importante es salir bien.

Mira, cariño. La gentrificación también se sirve con patatas. Antes un barrio cambiaba cuando llegaban los fondos de inversión. Ahora basta un vídeo de treinta segundos con queso cayendo en «Slow motion».

Frase de Ticket: El influencer no recomienda un restaurante. Recomienda la siguiente subida de precio.

La hamburguesa nació para que un trabajador no perdiera media jornada comiendo. Hoy sirve para que alguien gane miles de euros grabando cómo da un mordisco. No ha cambiado la carne. Ha cambiado el negocio.

Y como somos previsibles, seguimos llamándolo progreso. Pagamos más por menos carne, aplaudimos recetas recicladas, convertimos la publicidad en opinión y confundimos una cola con calidad. Después nos sorprendemos cuando una hamburguesa cuesta lo mismo que una compra entera.

La hamburguesa sigue siendo carne picada entre dos panes.

Lo que se ha triturado de verdad es el criterio.


El cheddar se ha convertido en el actor principal de una industria que ya ni siquiera intenta disimular. Su uso en restauración y comida rápida no deja de crecer porque funde bien, luce mejor en cámara y convierte cualquier hamburguesa corriente en un espectáculo amarillo. No importa la carne. No importa el pan. Lo importante es que el queso caiga despacio mientras el móvil graba. Ahí está el negocio.

La jugada venía escrita. Y llegaron las macrofiestas de la hamburguesa.  Food trucks, música a todo volumen, colas de una hora, cartones con más diseño que contenido y hamburguesas con más colores que una tienda de gominolas. Miles de personas entregando veinte euros por una experiencia performativa cuyo mayor desafío consiste en no mancharse la camiseta antes de subir la foto. Lo llaman gastronomía. Tiene más pinta de parque temático.

Mira, cariño. Te acaban de vender humo envuelto en cheddar.

Antes una hamburguesa llevaba carne, trabajo y la intención bastante humilde de quitarte el hambre. Ahora lleva un logotipo bien visible, una campaña de marketing y un creador de contenido diciendo que es «la mejor que ha probado en su vida» por decimoctava vez este mes. La comida ha dejado de alimentar. Ahora valida marcas.

Y ahí está la estafa. Robar nunca fue tan fácil. Ya no hace falta engañar a nadie. Basta con poner una cascada de queso, una cámara lenta, una canción de moda y un cartel de «edición limitada». El resto lo hace el algoritmo. Tú pagas encantado, haces la foto, subes la historia y vuelves a casa convencido de que has vivido algo. Lo único que ha vivido de verdad es la caja del restaurante.

Frase de Lactosa: Cuando el cheddar es más importante que la carne, la gastronomía ya ha abandonado la cocina para instalarse en el departamento de marketing.

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🖤 Rocío Aso Iguarán

Firma de Rocío Aso Iguarán

Los foodies son la nueva aristocracia del colesterol. El algoritmo les da el trono y el público paga el banquete.

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