🔪 CUANDO LEES ALGO Y NO ENTIENDES NADA, YA SABES DE QUÉ VA

Mira, cariño.

Antes, si no entendías algo, pensabas que igual te faltaba contexto. Ahora, muchas veces, si no entiendes nada, es que has entrado al club correcto.

La oscuridad ya no es accidente. Es diseño. Y además viene con cartelito de sensibilidad institucional, para que nadie se atreva a preguntar por qué huele tanto a humo.

El lenguaje público ha dejado de servir para comunicar y ha empezado a funcionar como filtro de pertenencia. No se habla para explicar. Se habla para colocar al otro en una posición: dentro, fuera, actualizado, atrasado, sensible, bruto, culto, reaccionario, woke, facha, aliado, problemático, deconstruido, señora, señor, usuario, cuerpo, sujeto, unidad familiar o lo que toque esa semana.

Por eso, la frase sencilla empieza a dar vergüenza.

Así que llega el maquillaje: vulnerabilidad, brecha, impacto, resiliencia, cuidados, convivencia, enfoque integral, acompañamiento, sensibilización.

Palabras limpias. Palabras de PowerPoint. Vocablos que entran en una reunión sin manchar la mesa.

Además, hay una cobardía muy cómoda en hablar raro. Si nadie entiende del todo, nadie discute del todo. Si todo suena complejo, cualquier objeción parece ignorancia.

Y ahí está el truco.

La claridad exige responsabilidad. La jerga permite escapatoria. Por eso tantos discursos parecen escritos por alguien huyendo de una pregunta sencilla con un extintor en la mano.

Frase Cerrojazo:


El debate no va de una letra.

No va solo de la “e”, de la “x”, del desdoblamiento ni de si alguien dice “todes” mientras pide un café con leche de avena y superioridad moral. Eso es el escaparate, el neón barato, el confeti gramatical. El problema real empieza cuando la forma de hablar se convierte en prueba de pureza y la sintaxis entra en misa con pulsera de acreditación.

Sin embargo, tampoco conviene hacerse el bruto profesional.

Nombrar realidades nuevas puede ser necesario. Hay experiencias que antes se escondían, vidas que no cabían en los formularios y personas que durante años solo aparecían como error administrativo. Eso existe. Negarlo es fácil, barato y bastante mediocre.

Pero una cosa es nombrar mejor y otra convertir cada frase en examen ideológico.

Ahí empieza el teatro.

Porque la terminación se cuida con pinzas, pero el sueldo sigue intocable.
El manifiesto se corrige, la jornada no.
El protocolo sale precioso mientras la precariedad respira en la nuca.
Y, al final, todos aprenden la palabra correcta menos quien limpia la sala después del taller.

Entonces el lenguaje inclusivo deja de ser herramienta y se vuelve barniz.

Queda bonito, suena consciente y sirve para lo mismo que una vela aromática en un incendio.

Al mismo tiempo, la derecha del “sentido común” tampoco viene limpia. Se envuelve en normalidad para vender miedo a cualquier cambio. Llama claridad a su nostalgia, libertad a su pereza mental y “lo de toda la vida” a no querer pensar ni media hora.

Unos complican la frase hasta matarla. Otros la simplifican hasta volverla garrote. Entre el taller de cuidados y el cuñado con bandera, la inteligencia sale por la puerta de emergencia.

Qué panorama, joder.

Frase Espejo:


El poder no necesita gritar si puede redactar. Para qué mancharse las manos si puede esconder el golpe dentro de una nota de prensa con interlineado amable.

Antes una orden venía con uniforme. Ahora puede llegar como protocolo, guía, marco, recomendación, plan estratégico, enfoque transversal o documento de buenas prácticas.

Todo suena razonable, trae olor a impresora oficial y parece escrito por alguien que jamás ha temblado de frío, contado monedas para cenar o sentido miedo real, pero domina el arte miserable de bautizarlo todo con nombre administrativo.

Por ejemplo: el despido se vuelve “reestructuración”. La pobreza se vuelve “vulnerabilidad”. El abandono se vuelve “falta de acompañamiento”. El fracaso político se vuelve “reto”. El caos se vuelve “escenario complejo”. La explotación se vuelve “flexibilidad”.

Así, el dolor pierde cuerpo. Le quitan la cara, la casa, el frío, el recibo, la nevera vacía y hasta el cabreo. Lo dejan listo para comisión, que es donde las cosas van a morir con agua mineral y carpetas.

Ya no hay una persona que no puede encender la calefacción. Hay un caso de vulnerabilidad energética. Ya no hay un trabajador expulsado. Hay una optimización de recursos. Ya no hay un barrio abandonado. Hay un área en proceso de transformación.

Por lo tanto, el lenguaje no describe: anestesia.

Y cuando el problema está anestesiado, nadie se levanta de la mesa.

Ese es el negocio.

No quitarte la voz. Hacer algo más fino: llenarte la boca de palabras que no son tuyas hasta que no puedas decir lo que te pasa sin pedir permiso al diccionario del momento.

Frase Tajo:


Hay una estafa preciosa circulando por ahí: si no se entiende, debe de ser profundo. Claro. Y si un ascensor se queda parado entre dos pisos, igual está haciendo filosofía vertical.

No, cielo.

A veces no se entiende porque está mal escrito. O porque no dice nada. O porque quien lo firma necesita que parezca complicado para no admitir que lleva tres páginas acariciando humo con las dos manos.

Sin embargo, el lector participa en la ceremonia. Se siente culpable. Piensa: “igual me falta formación”. “Igual no estoy al día”. “Igual esto es más complejo”.

Y puede ser. Algunas cosas son complejas.

Pero no todo lo oscuro es complejo. A veces es solo una mierda con aparato crítico.

Por eso abundan artículos que no aterrizan, comunicados que no comunican, cursos que no enseñan y charlas donde la primera diapositiva ya viene enferma de sustantivos abstractos.

Todo suena razonable, trae olor a impresora oficial y parece redactado por alguien que jamás ha contado monedas para cenar, temblado de frío o sentido miedo real, pero domina el arte miserable de bautizarlo todo con nombre administrativo.

Mientras tanto, la frase sencilla queda arrinconada como si fuera poca cosa.

Pero decir claro no es empobrecer.

Decir claro es asumir el riesgo de que te entiendan.

Y claro, eso a algunos les viene fatal.

Frase Trampa:


Aquí conviene hacer inventario, porque la tontería también tiene vocabulario.

Cis. Binario. No binario. Deconstrucción. Empoderamiento. Resiliencia. Micromachismo. Masculinidad frágil. Cuerpos. Espacios seguros. Cuidados. Interseccionalidad. Sororidad. Aliado. Privilegio. Violencia simbólica. Disidencia. Sensibilización. Diversidad. Narrativa. Reparación. Persona gestante. Lenguaje no sexista. Perspectiva. Autoexplotación. Síndrome del impostor. Alta vibración. Energía baja. Gym rat. Gym bro. Hombre de valor. Mujer de alto valor. Mindfulness. Manifestar. Red flag. Green flag. Contacto cero. Responsabilidad afectiva. Poliamor ético. Situationship. Ghosting. Follar con marco teórico. Sanar el linaje. Fluir. Habitar el proceso. Validar emociones. Poner límites. Ser tu mejor versión.

Respira.

Algunas sirven, nombran cosas reales y han ayudado a entender abusos, desigualdades, dinámicas, identidades, heridas o vínculos que antes se tapaban con silencio.

Pero una palabra útil también puede pudrirse cuando empieza a usarse como pose.

Pero, además, muchas han terminado convertidas en disfraz.

La palabra útil se vuelve muletilla. La muletilla se vuelve identidad. La identidad se vuelve mercado. Y el mercado, como siempre, te vende una taza, una camiseta, un curso, un manifiesto, un retiro, una membresía o una charla de cuarenta euros para que aprendas a decir en difícil lo que tu abuela resolvía con un “no seas imbécil”.

El gym bro no entrena: performa disciplina con trípode. El hombre de valor no madura: monetiza inseguridad masculina con luces azules y mandíbula apretada. La persona de alta vibración no comunica: acusa de energía baja a quien le lleva la contraria. El curso de resiliencia no cambia tu vida: te enseña a tragar mierda respirando por la nariz.

Y así, palabra a palabra, gesto a gesto, el mundo se llena de gente actuando un personaje terapéutico, político, espiritual, deportivo o afectivo.

Todo presume de conciencia, esconde poca verdad y arrastra una pereza mental de cojones.

Frase Diccionario:


Aquí está el hueso más incómodo.

Tener ideas es normal. Tener sesgos también. Nadie habla desde el vacío, ni el profesor, ni el médico, ni el abogado, ni la periodista, ni la madre del grupo de WhatsApp que manda audios de siete minutos con voz de sentencia constitucional.

El problema aparece cuando el sesgo se disfraza de función.

Cuando una consulta deja de informar y empieza a empujar, el paciente ya no recibe criterio: recibe dirección.

En el aula, enseñar se sustituye por conducir.

En un despacho, orientar se convierte en colocar una visión del mundo con membrete profesional.

Explicar no es domesticar.
Acompañar no significa reclutar.
Y dar contexto tampoco consiste en corregirle el alma a alguien desde una silla giratoria con ergonomía de superioridad moral. Y esto ocurre en todas las trincheras.

La izquierda performativa te puede servir un sermón con lenguaje de cuidados y cara de taller subvencionado. La derecha reactiva te puede vender una consigna con olor a bar de carretera y llamarla sentido común. Ambas creen estar despertando al pueblo. Muchas veces solo están cambiando el collar y discutiendo quién lo pone más bonito.

Por eso conviene desconfiar de quien habla demasiado seguro en nombre de la neutralidad.

El sesgo no desaparece porque venga con bata, toga, plaza fija, cargo público, máster, púlpito o cámara frontal.

Al final, la autoridad técnica usada como caballo de Troya ideológico es una traición muy fina.

Y bastante cabrona.

Frase Bata Blanca:


La confusión cansa.

Ese es su poder.

Cuando cada palabra puede ser interpretada como falta, cuando cada frase necesita seguro de responsabilidad moral, cuando cada conversación parece una prueba de acceso a una secta con glosario, la gente deja de hablar.

No porque no piense.

Sino porque ya no sabe cuánto cuesta decirlo.

Entonces firma. Asiente. Repite. Comparte. Calla. Usa el término de moda. Evita el matiz. Aprende el gesto. Sonríe donde toca. Se indigna cuando toca. Cambia la bio. Pone el marco. Borra el tuit. Pide perdón por si acaso.

Mientras tanto, el poder respira tranquilo.

Porque una sociedad ocupada vigilando sus palabras tiene menos energía para mirar las manos de quien manda. Y eso, casualmente, le viene de puta madre a quien manda.

Y esa es la parte que conviene no perder.

El problema no es que el idioma cambie. El idioma siempre cambia. El problema es que alguien convierta ese cambio en aduana, en contraseña, en herramienta de obediencia o en detector moral de pobres diablos que solo intentan hablar sin pisar una mina.

Por eso, la próxima vez que leas algo y no entiendas nada, no te arrodilles delante de la frase.

Pregúntate quién gana con esa niebla.

Frase Remache:

PD

🖤 Rocío Aso Iguarán

Firma de Rocío Aso Iguarán

El poder ya no te manda callar: te enseña a hablar hasta que no digas nada.

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